Imagina un escenario de película: Madrid, 16 de enero de 1982, el Palacio de Congresos y Exposiciones abarrotado, 500 millones de ojos pegados a la tele, y un sorteo que prometía ser el preludio de un Mundial histórico, el de España ’82. Ahora, imagina que todo sale mal: bolillas que se parten como galletitas, niños riéndose a carcajadas, países cambiados de grupo como si fuera un juego de naipes, y un Sepp Blatter joven sudando frío mientras el mundo silba. Eso, amigos, fue el sorteo del Mundial de 1982, catalogado como el más vergonzoso de la historia.
El telón de fondo: España se juega el prestigio
España estaba en plena transición democrática tras la dictadura de Franco, y el Mundial de 1982 era su gran vidriera al mundo. Con 24 selecciones por primera vez, el país quería mostrar modernidad y organización. El sorteo, programado para el 16 de enero en Madrid, iba a ser un espectáculo: bombos gigantes al estilo lotería española, bolas con forma de balón Tango, y los niños del colegio San Ildefonso, famosos por cantar los números del Gordo de Navidad como protagonistas. Estaba el Príncipe Felipe (14 años, futuro rey), João Havelange (presidente de FIFA), Hermann Neuberger (jefe del Comité Organizador) y un joven Joseph Blatter como maestro de ceremonias. ¿Qué podía salir mal? Todo, aparentemente.
El primer gol en contra: Los cabezas de serie
El lío arrancó antes de que girara el primer bombo. Seis equipos fueron designados cabezas de serie: Italia, Alemania Federal, Brasil, Argentina (campeón defensor), España (anfitrión) e… ¿Inglaterra? Sí, Inglaterra, que no había ganado nada desde 1966 y venía de una Euro ’80 floja, se coló como sexto cabeza de serie. Bélgica, subcampeona de Europa en 1980, merecía ese puesto por mérito deportivo, pero la FIFA, en una decisión que huele a política y favores, le dio el lugar a los ingleses. “Fue un dedazo descarado”, escribió años después el periodista español Alfredo Relaño. El tono del sorteo ya estaba torcido, y eso que aún no habían sacado una bola.
Bolillas rebeldes y caos en vivo
El sistema era simple en teoría: cuatro bombos (A, B, C, D) con seis equipos cada uno, y los niños de San Ildefonso sacando bolas para formar seis grupos de cuatro. Pero la ejecución fue un desastre. Al tercer equipo sorteado, el bombo B, con Bélgica, Escocia, Chile, Perú, Francia e Irlanda del Norte se volvió loco. La idea era que los primeros dos europeos fueran a los grupos de Argentina y Brasil para evitar choques sudamericanos.
Sin embargo, metieron las seis bolas juntas por error. Sacaron a Bélgica y la pusieron con Italia; luego a Escocia con Argentina. Silbidos en la sala. Blatter, con cara de “esto no estaba en el guión”, tomó el micrófono y dijo: “Vamos a corregir”. Bélgica saltó al grupo 3 con Argentina, Escocia al 6 con Brasil, Perú al 1 con Italia y Chile al 2 con Alemania. Todo en vivo, como si fuera un sketch de comedia.
Pero el show no paró ahí. En el bombo C, la bola de Honduras se atascó, salió partida y los niños estallaron en risas. “Fue como si el fútbol se burlara de sí mismo”, dijo un cronista de El País. Minutos después, en el bombo A, la bola de Austria se rompió dentro del bombo, y el papel quedó atrapado. Los niños, ya desatados, intentaron sacarlo entre carcajadas mientras Blatter pedía orden. La siguiente, Hungría, también se trabó, y el Palacio de Congresos era un circo: risas, murmullos y un Príncipe Felipe mirando con cara de “¿qué está pasando?”. Las bolas, diseñadas como el balón Tango, eran frágiles y el bombo automático las destrozaba. Las pruebas del día anterior habían sido un espejismo; el directo fue un papelón.
Los grupos que nacieron torcidos
Al final, tras una hora de caos, los grupos quedaron así:
- Grupo 1: Italia, Polonia, Perú, Camerún
- Grupo 2: Alemania Federal, Austria, Chile, Argelia
- Grupo 3: Argentina, Bélgica, Hungría, El Salvador
- Grupo 4: Inglaterra, Francia, Checoslovaquia, Kuwait
- Grupo 5: España, Yugoslavia, Honduras, Irlanda del Norte
- Grupo 6: Brasil, URSS, Escocia, Nueva Zelanda
Parecía decente, pero el proceso fue un bochorno. “Fue el sorteo más esperpéntico que vi”, dijo años después Juan Antonio Samaranch, presente ese día. Los equipos quedaron bien repartidos por pura suerte, porque la organización fue un desastre.
¿Por qué fue tan vergonzoso?
Primero, la improvisación. La FIFA y España quisieron innovar con bombos de lotería y bolas fancy, pero no calcularon que el mecanismo fallaría bajo presión. Segundo, los errores humanos: meter todas las bolas del bombo B sin separar europeos y sudamericanos fue un blooper monumental. Tercero, la falta de autoridad: Blatter, entonces secretario general, no supo controlar la situación, y los cambios sobre la marcha fueron un chiste. Cuarto, el ridículo global: 500 millones de personas vieron a los niños reírse mientras el fútbol se desmoronaba en directo. “Parecía una parodia, no un sorteo mundialista”, escribió The Guardian.
A pesar del sorteo, el Mundial fue un éxito. Italia levantó la Copa tras un 3-1 a Alemania en el Bernabéu, Paolo Rossi se consagró goleador, y partidos como el Brasil-Italia en Sarrià quedaron en la historia. Pero el sorteo dejó una mancha imborrable. “Fue un desastre organizativo que nos avergonzó ante el mundo”, admitió Pablo Porta, presidente de la Federación Española, años después. La FIFA aprendió la lección: nunca más usaron bombos de lotería ni bolas frágiles, y los sorteos se volvieron más serios y aburridos desde Italia ’90.
El eco del bochorno
El sorteo de 1982 es una anécdota que mezcla risa y vergüenza. Los niños de San Ildefonso se robaron el show sin querer, y Blatter, que luego sería el polémico presidente de FIFA, tuvo su bautismo de fuego en el caos. Fue el día que el fútbol tropezó, se cayó de cara y, aun así, se levantó para darnos un Mundial inolvidable. Porque, como dijo el gran Eduardo Galeano: “El fútbol es la única religión que no tiene ateos”. Ni siquiera un sorteo vergonzoso pudo matarlo.