jueves, abril 3, 2025
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Tommie Smith y John Carlos: Los puños que gritaron en silencio en los JJOO de 1968

Imagina un podio en el Estadio Olímpico de Ciudad de México, 16 de octubre de 1968. Dos hombres, Tommie Smith y John Carlos, suben al primer y tercer escalón tras arrasar en los 200 metros planos. El himno de Estados Unidos suena, pero el mundo no está listo para lo que viene: cabezas bajas, puños en alto enfundados en guantes negros, pies descalzos. No es solo un gesto; es un trueno que sacude los Juegos Olímpicos de México 68 y reverbera hasta hoy. Estos no son solo héroes del atletismo; son íconos de una lucha que trascendió la pista y se clavó en la historia.

México 68: Un escenario en llamas

Los Juegos Olímpicos de 1968 no fueron un evento cualquiera. México, el primer país latinoamericano en albergarlos, estaba en ebullición. Diez días antes, el 2 de octubre, la masacre de Tlatelolco dejó decenas de estudiantes muertos a manos del gobierno, un eco de la represión global. En Estados Unidos, el Movimiento por los Derechos Civiles estaba en su apogeo: Martin Luther King Jr. había sido asesinado en abril, Malcolm X llevaba tres años bajo tierra y las ciudades ardían con protestas contra la segregación y la guerra de Vietnam. “El mundo estaba roto”, escribió Smith en su autobiografía Silent Gesture. Y en ese caos, los Juegos se convirtieron en un megáfono.

El Comité Olímpico Internacional (COI), liderado por Avery Brundage, un racista declarado que admiraba a Hitler, quería un evento “apolítico”. Pero el Proyecto Olímpico por los Derechos Humanos (OPHR), fundado por el sociólogo Harry Edwards, tenía otros planes. Atletas afroamericanos como Smith y Carlos, ambos de San José State, se unieron para boicotear o protestar. “No íbamos a ser títeres en un circo blanco”, dijo Carlos años después en una entrevista con The Guardian. El boicot total no cuajó, pero el podio sería su campo de batalla.

La carrera: Oro, bronce y un récord eterno

El 16 de octubre, Tommie Smith, un texano de 24 años con piernas de acero, voló los 200 metros en 19.83 segundos, un récord mundial que duró 11 años. John Carlos, un neoyorquino de Harlem con fuego en el alma, cruzó tercero con 20.10. Entre ellos, el australiano Peter Norman se coló con la plata (20.06), pero esta historia no se trata de tiempos; se trata de lo que pasó después. Smith y Carlos habían planeado su protesta con el OPHR: guantes negros por el poder afroamericano, pies descalzos por la pobreza, bufandas negras por el linchamiento. Norman, blanco y solidario, sugirió que compartieran los guantes cuando Carlos olvidó los suyos. “Creí en su causa”, dijo Norman a The New York Times en 2006.

Cuando subieron al podio, el silencio fue ensordecedor. Smith levantó el puño derecho; Carlos, el izquierdo. Cabezas gachas, un rezo mudo por los caídos. El público abucheó, los flashes estallaron y Brundage se puso lívido. “Fue un momento de orgullo y dolor”, escribió Smith. “Orgullo por mi raza, dolor por mi país”. Norman lució una insignia del OPHR en apoyo, un gesto que le costaría caro en Australia.

La cultura afroamericana: Un grito en el viento

En 1968, ser negro en Estados Unidos era caminar sobre brasas. La Ley de Derechos Civiles de 1964 y la de Votación de 1965 eran papel mojado para muchos. La pobreza golpeaba al 33% de los afroamericanos, según el censo, tres veces más que a los blancos. Las Panteras Negras, fundadas en 1966, predicaban autodefensa contra la brutalidad policial. La música, James Brown con “Say It Loud,  I’m Black and I’m Proud” y el arte afro centrado eran armas de resistencia. Smith y Carlos, hijos de trabajadores pobres, encarnaban esa lucha. “No éramos solo atletas; éramos negros primero”, dijo Carlos en Democracy Now! en 2018. Su gesto no era un capricho; era un eco de siglos de cadenas.

El castigo: Héroes convertidos en villanos

El COI no lo toleró. Brundage ordenó al Comité Olímpico Estadounidense expulsar a Smith y Carlos o vetar a todo el equipo. En 48 horas, los echaron de la Villa Olímpica y los mandaron a casa. La prensa los destrozó: Time los llamó “payasos” y Los Angeles Times habló de “desgracia nacional”. Perdieron contratos, recibieron amenazas de muerte y sus carreras se hundieron. “Me quitaron todo menos mi dignidad”, reflexionó Smith en 2008. Norman, por apoyar, fue marginado en Australia y nunca volvió a unos JJOO pese a clasificar. Los tres pagaron un precio brutal por 90 segundos de verdad.

El legado

A 57 años, el gesto de Smith y Carlos es un ícono. Inspiró a Colin Kaepernick en 2016, a los atletas de Black Lives Matter y a generaciones que ven en ellos no sólo velocidad, sino coraje. En 2005, San José State les levantó una estatua; Norman, fallecido en 2006, tiene su espacio vacío en el podio como homenaje. “No me arrepiento”, dijo Carlos en 2016 a NPR. “Lo haría mil veces más”. Smith, en Silent Gesture, lo resumió: 

“No fue por mí; fue por los que no tienen voz”.

Los Juegos de 1968 fueron más que medallas. Fueron un grito en un mundo sordo. Tommie Smith y John Carlos no solo corrieron; cambiaron la pista por un escenario donde el silencio habló más fuerte que cualquier himno. Héroes no por ganar, sino por atreverse a perderlo todo.

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