viernes, marzo 28, 2025
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El día que la SEP le dio permiso a México para soñar: El debut del Tri en Sudáfrica 2010

Corría el viernes 11 de junio de 2010, y en México el aire olía diferente. No era un día cualquiera: era el arranque del Mundial de Sudáfrica, el primero en tierras africanas, y el Tri estaba a punto de enfrentar a los anfitriones en el Soccer City de Johannesburgo. Pero lo que hizo ese día inolvidable no fue solo el fútbol; fue un gesto que unió a un país entero. La Secretaría de Educación Pública (SEP) autorizó a las escuelas suspender clases o ajustar horarios para que niños, maestros y familias pudieran ver el debut de la Selección Mexicana. Fue como si el gobierno dijera: “Hoy, el balón es más importante que los libros”. Y así, entre vuvuzelas y corazones acelerados, México vivió un momento que aún resuena con emoción pura.

Un país que se detuvo por el Tri

La decisión de la SEP no fue un capricho. México vivía una fiebre mundialista que solo un evento como este podía desatar. Las calles se vaciaron, las plazas se llenaron de pantallas, y en las casas se prepararon botanas como si fuera una fiesta nacional. 

Desde Tijuana hasta Mérida, los salones se convirtieron en gradas improvisadas, y los maestros cambiaron las pizarras por televisiones. La SEP, consciente del poder del fútbol para unirnos, dio luz verde a un día que no se medía en lecciones, sino en goles, atajadas y esperanza.

A las 9:00 de la mañana, hora del centro de México, el silbatazo inicial resonó a miles de kilómetros de distancia. El Tri, dirigido por Javier Aguirre, enfrentaba a una Sudáfrica hambrienta de hacer historia como anfitriona. Los Bafana Bafana, con el apoyo ensordecedor de las vuvuzelas, eran un rival de peso, pero México traía su propia magia: un equipo con nombres como Rafael Márquez, Giovani dos Santos y Cuauhtémoc Blanco, listos para dejar el alma en la cancha.

El partido que nos tuvo al borde del llanto

El debut no fue un paseo. Sudáfrica pegó primero con un golazo que aún duele recordarlo. A los 55 minutos, Siphiwe Tshabalala recibió un pase perfecto de Kagiso Dikgacoi y, con un zurdazo al ángulo, silenció a millones de mexicanos. Fue un balde de agua fría, un “no puede ser” colectivo que se sintió desde las aulas hasta los bares. 

Pero el Tri no se rindió, y México, menos. El capitán, Rafael Márquez, ese guerrero eterno, apareció cuando más lo necesitábamos. Al minuto 79, tras un córner, tomó el balón con la calma de un veterano y lo mandó al fondo con un derechazo que desató la locura. “¡Gol de México!”, gritaron los narradores, y con ellos, un país entero. Fue el 1-1, un empate que supo a victoria porque nos mantuvo vivos en el sueño mundialista. En los minutos finales, Katlego Mphela estrelló un balón en el poste sudafricano, y los nervios colectivos fueron tan fuertes que casi se escuchaban en Johannesburgo. El marcador no se movió más, pero el corazón de México latió como nunca.

Las palabras que nos marcaron

“Podíamos haber ganado, podíamos haber perdido”, dijo Javier Aguirre tras el partido, según The Guardian. Su voz era la de un hombre que sabía que ese punto era solo el comienzo. Carlos Alberto Parreira, técnico sudafricano, lo llamó “un resultado justo”, y tenía razón: fue un duelo de titanes donde nadie bajó los brazos. Pero para los mexicanos, no fue solo un empate; fue un recordatorio de que el Tri siempre pelea, incluso cuando el mundo duda.

Rafael Márquez, el héroe de la tarde, dejó una huella más allá del gol. Su tanto no solo igualó el marcador, sino que unió a una nación que, por un momento, olvidó sus problemas para gritar su nombre.

Un día que no olvidaremos

El 11 de junio de 2010 no fue solo el debut del Tri en Sudáfrica. Fue el día en que la SEP nos dio permiso para ser niños otra vez, para saltar del sofá, para abrazar a desconocidos en la calle. Fue el día en que las vuvuzelas, aunque lejanas, sonaron como un eco de nuestra propia pasión. México no ganó el partido, pero ganó algo más grande: un recuerdo imborrable de unión y orgullo.

Aquel empate 1-1 marcó el inicio de un Mundial que nos llevó hasta los octavos de final, donde Argentina nos rompió el corazón, otra vez. Pero ese viernes, gracias a la SEP y al Tri, vivimos un pedacito de eternidad. Y así, entre goles y lágrimas, Sudáfrica 2010 se tatuó en el alma de México.

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